25 de sept. 2021 día que visualizaba hace años, cuando decidí empezar a preparar el cuerpo para algún día poder realizar la distancia Ironman.

Día previo, al dejar a los peques en el cole decido subir con Juanka, uno de mis fieles escuderos y compañero de esta aventura, al hotel por la mañana con el objetivo de prepararlo todo y evitar estrés a última hora.
El día está desapacible para hacer una activación en bici o mojar el neopreno en un mar algo bravo; pero antes toca parar en el hospital de Inca a realizar lo que parecía un mero trámite como el de recoger el certificado COVID y entregarlo a la organización del evento. La cosa se complica, uno sale con certificado y al otro le tocará que le toquen las narices y la cartera para una prueba de antígenos.
Como yo era el que salía con dicho papelito, sigo camino del hotel relajado mientras recibo la llamada de Natalia, mi entrenadora, para aclarar los últimos detalles y desearme suerte. A la llegada a playas de Muro, nos acomodamos, esperamos a Víctor (otro compañero del club) para salir a rodar. Víctor y yo rodamos mientras observamos al que está pendiente de que le toquen las fosas nasales, hacer una activación muy de Pro. Cincuenta minutos bastan para volver al hotel, ducharse e ir a recoger los dorsales viendo como introducen un palo por la nariz a Juanka con el único fin de cobrarle 25€ (precio amigo para participantes).

Se incorpora a la expedición Miguel Ángel para intentar relajar tensiones en la pasta-party y jugar al concurso de quién se ha sacrificado más en la preparación de este Iroman, puesto que no es moco de pavo y quien más quien menos, algo hemos entrenado estos meses.
Briefing de la organización donde nos comunican oficialmente que el uso del neopreno será opcional a causa de la mala mar, cosa que a lo que los buenos nadadores, como Victor y yo, nos alegra. Quedamos a la espera de la confirmación del circuito que notificarán minutos antes de la salida en función del estado del mar.
Llegan mis refuerzos: mis padres, mi santa esposa y mis dos terremotos para darle algo de emoción a las horas previas al Ironman, algo que a pesar de los nervios, me encanta. El peque llega algo acatarrado y Sandra me propone subir a dormir al cuarto de Juanka, que como a buen Emir, la dirección del hotel le ha otorgado una habitación doble.
Cena rápida y subimos al cuarto pronto, mi brother tiene ganas de palique pero lo ignoro rápido para conciliar el sueño pronto. A las 5:15 a.m. saltamos de la cama y cada uno desayuna sus experimentos. Nos vestimos y vamos directos para la zona de transición donde encontramos a Ángel y Claudia que han venido a darnos apoyo.
A las 7:40 nos ponemos el neopreno y vamos a la playa. Nos informan que hay modificación en la natación, que estemos atentos que nos lo explicarán antes de empezar pero que siguen siendo dos vueltas y salida a la Australiana.

Nos juntamos los 7 participantes ( Consuelo nuestra guerrera femenina, Manolo que aunque parezca una inocentada hace la versión Half y no, 5 veces nonstop la distancia full, el experimentado Joan Damià, la dupla de Víctor y Miguel Ángel, mi brother que poca presentación merece, y un servidor) para quitar nervios, abrazarnos y sacar unas fotos con el fin que Santi deje de darnos el coñazo.
Cantan que faltan tres minutos, nervios, muchos nervios… realizo unas respiraciones profundas para relajarme, la natación me saca de zona de mi zona de confort.
Cuenta atrás, 3,2,1 y ¡al agua!
Con calma, mucha calma realizo la primera vuelta. Al salir a tierra escucho que me llama alguien, es Joan Damià el valiente ha decidido salir sin neopreno, y me anima a iniciar segunda vuelta. Misma filosofía y cuando me doy cuenta estoy fuera, esta vez soy yo quien llamo a Joan que ha salido 10” antes que yo. Que contento salgo, sin agobios y en un tiempo de algo menos de 1h 15’, directo a la T1 cuando me encuentro por sorpresa con Sandra y mis hijos.




La T1 con calma, preparo bici y al lío…
En las primeras pedaladas me doy cuenta que será largo, que a pesar de haber bebido un bidón en la T1 sigo con sed, así que decido que sacrificaré un bidón mío para sustituirlo en cada avituallamiento por uno de la organización. Pronto entro por caminos secundarios y no paro de pensar en ir con ojo y no pinchar, que Alberto ya se encargó de decirme que él hizo parche al hacer este circuito. En Muro me pasa Víctor, va fuerte pero eso ya lo sabíamos, cruzamos unos ánimos mientras subimos una pared infernal en Muro y pronto lo pierdo de vista. Voy concentrado en vatios, y en hacer juegos mentales porque me quedan más d 6h por delante cuando paso por la primera vuelta esta vez sin ver a nadie conocido. La 2º vuelta decido bajar algo vatios medios, el día no ayuda y sigue quedando un mundo, aún así ahora adelanto a algún que otro ciclista mientras sigo pensando en que la clave es no pinchar. A falta de unos 50km en una carreterucha veo a Miguel Ángel en un lado cambiando rueda, le ofrezco un cartucho de co2 pero me dice que esta controlado que tiene de todo. Sin darme cuenta me planto en la carretera de la Albufera, esta vez no voy tan ágil y rápido como en el anterior vuelta, ahora pega viento en contra. A falta de menos de 10km en un giro de 180º veo a Juanka y me dice que “pajarón”o algo así. Pienso que es muy pronto para tener el bajón y pensando algo breve para animarlo cuando lo pille. A falta de 1’ para entrar en la T2 me cruzo con sus padres y hermana y creo que él no se ha dado cuenta. Metros después, en una sombra, sentadas en el bordillo veo a Sandra y Martina quienes me gritan sonrientes.
T2 con Juanka. Lo veo jodido y lo primero que le pregunto es si ha visto a sus padres y hermana porque yo sí. Esto le cambia la cara, me pregunta por la pequeña Lara a lo que también asiento sin saber si es cierto, y le digo que vamos con mucho tiempo de margen que ponga el modo supervivencia con ca-cos. Él sale a correr, yo decido ir a miccionar.
Empiezo a correr, veo a mi amigo a unos metros pero llevo las patas como palos, no consigo coger ritmo a pesar de ir cazando a gente, Soy consciente que es mi sector y que soy duro de cabeza, no tardo en pillar a Victor que también va jodido, como todos en una locura de este calibre. Pronto en un cruce escucho a Alberto animar a Juanka, enfadado saco fuerzas para gritarle que me anime a mí también, a los metros visualizo al Yayo y a Cecilia. Que tostada llevo, el circuito no ayuda en nada, y encima es muy solitario. Menos mal que en un cruce se une a la expedición Santi, Pedro y sus familias junto al resto que ya había visto antes y montan un punto de animación CDYWC que sirve mucho más que cualquier SPECIALNEEDS (avituallamiento especial), a pesar de ser un cadáver me hacen sacar alguna sonrisa. Pronto veo a Manolo quien también se ha colocado en otro punto para poder ponerse a mi lado unos metros y ayudarme.








Paso por el km 30, última vuelta y aparece Sandra, le doy un beso y le digo que quedamos en una hora en meta. Me encuentro a Consuelo y le animo. Yo estoy acabando y ella empezando la maratón, ¡qué fuerza mental para no rendirse! Últimos kilómetros y voy hecho un cadáver a pesar de notarme corriendo ágil. La gente se sorprende y me lo dicen, tengo ganas de llegar al punto de animación CDYWC pero ahí no hay nadie de los míos, saco fuerzas porque queda nada. Último avituallamiento a 500metros de meta decido parar refrescarme y ponerme guapo para la foto mientras dudo si caminar o correr porque voy muy vacío.





Quien me conoce sabe que no hay duda, ¡correr sí o sí! Y… AHORA YA SÍ, visualizo la meta escuchando a la speaker gritar que está a punto de llegar a meta por parte del CLUB DEPORTIVO YES WITH CANCER, DAVID GUIRAO!

Ahí están los míos: mis padres, Sandra, mis hijos, mis amigos, mis compañeros y sus familias para poder compartir conmigo esta meta y poner fin a este IRONMAN EN UN TIEMPO DE 11h 28’
info@cdywc.com Peguera – C.N. Arenal. 52 km +730m 9 de mayo de 2021 El 22 de noviembre de 2020, decidimos poner en marcha un proyecto que nos llevaría a circunvalar la isla de Mallorca dando visibilidad al club y la asociación Yes With Cáncer. Era un motivo como cualquier otro para mantenernos ocupados y no perder la motivación durante un periodo con ausencia de competiciones debido a la pandemia mundial. Lo que supongo que ninguno de los que emprendimos este proyecto podía imaginar o soñar, es que este reto pudiera crear unas experiencias tan gratificantes. Durante este periodo, hemos tenido que ir amoldando el reto al discurrir de la vida, que como un río, va creando meandros, lagunas y cataratas que debemos sortear: desde el mismo COVID, pasando por lesiones, restricciones sanitarias o compromisos ineludibles. Pero como el propio río que es capaz de buscar su camino para llegar al mar, nosotros hemos ido creando camino conforme crecíamos, paso a paso, siempre con nuestro Mediterráneo a la derecha. De esa fría mañana del 22 de noviembre, a la cálida mañana del 9 de mayo, ninguno de los cinco somos los mismos. Casi todos más viejos (menos Cristóbal, que ha ido rejuveneciendo en cada etapa), pero como dice el refrán, también más sabios. El 9 de mayo fue un día desde su amanecer, caluroso. Un día que parecía más que principios de junio con temperaturas cercanas a los 30º C. Por ese motivo Pedro, decidió romper la uniformidad y ponerse un calzoncillo, porque no estaba seguro de como respondería con calor. Recordemos que en la anterior etapa teníamos que empujar a los pingüinos del camino para conseguir pasar. En la salida nos esperaba Juancar, al que solo habíamos presionado psicológicamente unas cientos de veces. Pero sobró con que Alberto abriera la boca un día antes para asustarlo y tenerlo a nuestro lado. Pedro y Santi estaban muy contentos, por fin iban a poder correr con su futuro míster, y no tardaron en preguntarle si el planning a seguir era entrenar 7 días a full y descansar 10 como hacía él. Todo esto, mientras discurríamos por los primeros caminos cercanos a la playa que iban ascendiendo poco a poco, mientras escuchábamos una bocecita que decía “He sido engañado. Me decían que era todo asfalto”. Y Pablo, que conoce la zona por haber vivido allí durante un tiempo, no paraba de mascullar: ¡qué necesidad, si hay un carril bici todo recto hasta la meta!”. Aquí, aún no se sabía, pero se empezaba a barruntar una sublevación. Por mucho que Juancar trabaje en la zona, está claro que no la conoce, y por supuesto que había un camino para ir por la playa mientras seguíamos escuchando «He sido engañado. Me decían que era todo asfalto» y «qué necesidad, si hay un carril bici todo recto hasta la meta». Vamos dejando atrás la Costa de la Calma, Santa Ponça (donde Pablo volvería con sus batallitas de abuelo cebolleta sobre el maratón que había por la zona) y el Toro. Esta parte de la etapa era a priori, la zona más aburrida, todo asfalto con rectas interminables y cuestas. Además es una zona donde el viento se notaba más, un viento que durante toda la etapa lo tuvimos de cara pero que gracias a ello, solventamos mejor las horas de más calor. Para ir pasando el rato, iban surgiendo conversaciones de todo tipo, desde el fútbol (que parece ser que es un deporte en el que juegan once contra once pero que todo lo que pasa es por culpa del único que no juega y se llama árbitro), incluso de las piernas musculadas de Santi. Hasta el momento, no se ha mencionado, pero creo que es de recibo deciros que de vez que durante todas las etapas, nos acompañaba una paloma. En la primera etapa nos llevamos un susto, pero poco a poco el zureo proveniente de las cuerdas vocales de Cristóbal ha formado parte de la banda sonora de esta 360ºRun. Igual que estaba formando parte de esta etapa otro tipo de gorjeo proveniente de las digestiones de Juancar. Pasado el Toro, nos metemos de nuevo en caminos que nos llevarían, con las fantásticas vistas de la punta del Toro a nuestro lado, hasta Portalls Vells. Iríamos bordeando la costa y adentrándonos en todas estas maravillosas calas desiertas mientras seguía el disco de «qué necesidad». Por cada cala que pasábamos, David se detenía unos segundos buscado cañizo y otros materiales con los que poder construir un cepillo de dietes y estar en paz con la madre Naturaleza, aunque luego no viera del todo mal, si alguien arrojaba una cáscara de plátano a un lado del camino puesto que era biodegradable. Estos son mis principios… Una vez pasada cala Vinyes, a Santi, que de vez en cuando es muy gracioso, se le ocurrió subir unas interminables escaleras que vio enfrente, sabiendo de antemano, que el track no iba por ahí, para hacernos dar una vuelta de medio kilómetro. David callaba mientras el resto remugaba sobre la necesidad. El caldo de cultivo de rebelión iba en aumento y los dátiles que llevaba Juancar empezaron a parecer insuficientes. Por fin llegamos a la playa de Magaluf, lo suficientemente temprano para encontrarnos todo el paseo vacío. Y los kilómetros empezaron a ir más rápidos. Pablo siempre la mente más serena, nos conminaba a bajar una marcha. Pedro y Cristóbal no lo veían, y seguían cual frente militar en primera línea de fuego. Aquí Pedro era el que contaba sus batallitas y desventuras con la media maratón de Magaluf, cuando iracundo, decidió tirar de un conjunto de corredores, y bajo el grito de ¡Libertad! los perdió a todos provocando una descalificación masiva. Más escaleras, ¡rayos y centellas! que nos llevarían a la playa de Palmanova y que sin darnos cuenta estábamos en Son Caliu. Nuestro Bounty particular. Pero sin tahitianas. El Bounty es, hasta la fecha, el motín más famoso de la historia. Ya no, desde este 9 de mayo el motín de Son Caliu pasa a ocupar con honor este puesto. Resulta que el track seguía el camino sinuoso entre calas y piedras. Resulta que hacía mucho calor, que había gente esperando en meta, y que quieras que no, no había necesidad de separarse de un carril bici que iba todo recto a la meta. Esto ya lo había dicho, ¿no? Pues Santi seguía sin enterarse y continuaba marcando el camino del track. En Son Caliu, al encontrarse un camino cerrado, Pablo, contramaestre decidió con varios grumetes amotinarse en ese instante y tomar el mando del track. Santi los llamaba a viva voz, «chicos, chicos, que es por aquí» pero ellos hacían oídos sordos. Solo Cristóbal, fiel al capitán, quiso mantener el control del motín. Santi, conocedor de su suerte y en inferioridad numérica, otorgó el poder para no ser arrojado por la borda. «mete, mete escaleras ahora» se escuchaba de fondo. El que va de listo acaba pagándolo, pensó la tripulación. Nos quedaban pues 22 km de asfalto y adoquines para meta. Todo recto, por un carril bici o aceras urbanas. Juancar ya no sabía que mierdas meterse para olvidar el engaño al que había sido sometido, mientras que Pedro y Cristóbal seguían haciendo caso omiso a los sabios consejos de Pablo. En cada cruce, Cristóbal miraba a Santi, pero este miraba al cielo y murmuraba con lágrimas en los ojos «pregunta al nuevo capitán». Fuimos a buen ritmo hasta que Juancar, aquejado de un tobillo, decidió poner fin a la travesía, e ir marcando su ritmo más pausado mientras esperaba que lo recogieran. Pablo, se quejaba de que notaba mucho el correr por el asfalto. Entonces una mirada asesina de Santi lo atravesó y escuchamos ufano «pues mi track no iba todo por asfalto». Pero lo ignoramos mientras llegábamos a Illetas y parábamos a repostar agua y por supuesto Maxibones. Mientras estábamos al recaudo de una buena sombra, llegó Juancar de nuevo y aunque no había Maxibones, no le importó tomarse otro tipo de helado, como a David, que se lo comió lo más rápido que pudo para escabullirse de la foto. Al poco llegó Luis, Corredor de Fondos, patrocinador del club, para correr con nosotros unos cuantos kilómetros. Y aprovechando su llegada lo usamos como fotógrafo. David y Santi empezaron a festejar la llegada, algo que Pablo vio como falta de respeto a los muchos kilómetros que nos faltaban, y como siempre no dejaba de tener razón, pero no nos olvidemos que en este grupo la humildad está escasa. Mientras, Pablo seguía avisando de controlar el ritmo, pero su tiempo de reinado iba a durar poco, y se le empezó a llamar, Pablo el Breve. Sin darnos cuenta llegamos a Porto Pi y por el fondo apareció Christian con su impecable camiseta rosa. Le obligamos a permanecer a retaguardia, no fuera que cogiera un track inventado y nos metiera por el puerto. Estaba muy contento del motín, y animaba a la tripulación a arrojar al viejo capitán por la borda. Creo que todos habremos hecho miles de kilómetros por el tramo que nos quedaba por recorrer. Miles. Sabíamos exactamente cuanto quedaba desde cada punto a meta, los repechos que faltaban y las curvas a trazar: unos 18 km que se pueden hacer largos. El calor ya era intenso y el paseo marítimo estaba a reventar de gente aprovechando un día tan luminoso y prácticamente veraniego. Pablo el Breve intentaba mantener un ritmo más bajo. Christian avisaba cada poco del ritmo (está el pobre ya mayor, y tampoco le convenía un calentón tonto) y Juancar, que con mucho coraje aguantaba sin sus geles de guaraná, nos decía adiós después de concertar la recogida y aguantar 35km de rajadas y escaleras. El abuelo se perdía por momentos, literalmente, desaparecía entre la marabunta que se hallaba en el paseo. Observaba a un corredor e iba a por él, como si no llevara en las piernas un maratón ya. Luego paraba y nos esperaba con paciencia. Aprovechábamos las fuentes para mojarnos las cabezas y las gorras y continuar el camino. De pronto, apareció Consuelo, que aprovechó su momento de descanso en el curro para acercarse a vernos, y ofrecernos un poco de bebida fresca que nos sentó de maravilla. Un detallazo del que estamos sumamente agradecidos. Hubo un momento que Santi se percató de que su reloj estaba pausado. Creo que a estas alturas sobra decir que no hay en este grupo, nadie con la cabeza bien amueblada, y para muestras el comportamiento tras percatarse de ese hecho del antiguo capitán. Le faltaban entre 2-3 km, según sus cuentas, lo que le llevaría a cruzar la meta con menos de 50 km. Estaba muy cabreado, porque todos tendrían una medalla de Ultramaratón y él se quedaría sin la medallita de turno del Garmin. Y eso era algo que no podía consentir. Así que decidió ir buscando en los kilómetros que faltaban resquicios para ampliar el kilometraje. Por Cala Gamba fue por el entarimado, y encima, la tripulación, fue detrás, como gesto de buena fe al antiguo régimen. El Breve empezó a dar muestras de flaqueza. Nos quedaban unos 7 km. Pedro se le acercó y le propuso ir algo más despacio. Nos imaginamos que a Pablo no le quedaban fuerzas para mandarnos de paseo, pero a David y Santi si le quedaron fuerzas para reírse. El pobre Breve, 30 km diciendo que bajáramos el ritmo. Y ahora ya fundido le ofrecían una tregua. La táctica a partir de entonces era simple, correr 1km, caminar 200m. Llegamos a Cala Estancia, Santi seguía haciendo el atontado en cada recoveco, y la meta a 6km, estaba al fondo de toda la playa del Arenal. A la vista todo el rato. Cristóbal a lo suyo desaparecía unos minutos entre la gente y luego lo cogíamos. Empezábamos a saborear la hazaña. Esta vez ya muy cerca. Santi, seguía en sus trece, aprovechaba los parones para correr dando vueltas de un lado a otro hasta que a falta de menos de dos kilómetros vio que por fin conseguiría su medallita de las narices. Y de la nada, salió por sorpresa Jose Carlos y su gorra Fresco para acompañarnos el último kilómetro mientras hacía lo que se le da mejor que a nadie, ¡selfies a cascoporro! y sin duda, tirando del grupo. El 22 de noviembre de 2020, en una fría y oscura mañana de otoño, recorríamos con los frontales los primeros metros de esta hazaña. Por las calles de Son Verí, empezábamos una aventura especial repleta de incógnitas, miedos y esperanzas. Unas calles que empezamos a pisar al dar el giro, nos metemos en el Club Náutico, lo cruzamos y al fondo de la playa nos esperan algunos miembros del club animando, ayudando, compartiendo estos últimos de metros de playa en el que acabamos fundidos en un gran abrazo colectivo. Publilio Siro, un escrito romano, nos dejó para la posteridad pequeñas citas, a modo de sentencias morales, recopiladas en su Sententiae. Una de estas máximas dice: Ubi concordia, ibi victoria Donde hay unidad, hay victoria. No creo que haya mejor síntesis de esta Mallorca 360º Run. Los kilómetros juntos han sido cemento, que nos ha unido de una manera abrumadora. Un proyecto que surgió en época extraña, pero que ha ido creciendo con cada granito de arena, con cada persona que de una u otra manera ha ayudado, compartido kilómetros y apoyado. Los cinco componentes de esta Mallorca360ºRun estamos sumamente agradecidos por todo ello, porque nos habéis hecho sentir queridos y arropados. Un reto cuyo objetivo era dar visibilidad a la asociación YES WITH CÁNCER, al juntos sí se puede y a un club sin más aspiraciones que intentar que sus miembros se sientan como en casa. Nosotros nos sentimos en casa. Muchas gracias, de corazón. info@cdywc.com Banyalbufar – Peguera. 50 km +2,100m 25 de abril de 2021 Humildemente esta etapa era una pachanga. No me malinterpretéis, es que en este grupo hay gente que nunca ha hecho un triatlón de distancia larga pero humildemente para más de diez horas ni se pone el tritraje, y otros que humildemente lo de bajar de tres horas en maratón lo ven muy sencillo sentado en el sofá mientras siguen buscando segmentos de Strava. Por eso, porque esta etapa era una pachanga después de la anterior, varios miembros decidieron cambiar la estrategia nutricional experimentando el mismo día. Humildemente, nosotros no necesitamos experimentar antes de la prueba ni tampoco estudiar medicina para una intervención quirúrgica intracraneal. Pablo pensó que era buena idea desayunar arroz con bonito. Que es algo muy español, de toda la vida. Pedro, que en cada etapa hacía un cargamento para irse a la guerra de geles, polvos y barritas que más letras que el abecedario, decidió arrojarlo todo por el sumidero y prepararse bolitas de arroz con fruta deshidratada y chocolate 85% para ir comiendo durante la etapa. David que es un señor que come siempre muy sano excepto cuando no lo hace, se preparó un brownie sin azúcar para durante la etapa ir masticando durante 10 minutos entre bocado y bocado. Brownie que por otra parte había que rogar para catarlo. Jose Carlos no experimentó porque no llevaba nada para comer durante la etapa (Para ser justos hay que decir que llevaba una barrita, pero que seguro que estaba caducada). Eso sí es algo muy español. Santi mantuvo su pan de higo como salvoconducto para la etapa y unos donuts de naranja que esperaba tomarse con el café secreto de David. Pero cuando uno cuenta con malquedas acaba tomándose los donuts sin café. Panoramix tampoco experimentó, cocinó durante la noche de luna menguante sus brebajes mágicos y los depositó en el interior de una hornacina, construida en el ala oeste de su casa donde la temperatura se mantiene constante a 17ºC, durante tres noches y dos días. A las 6:45 habíamos quedado en la plaza del ayuntamiento de Banyalbufar y como siempre Jose Carlos llegó muy puntual. Mientras esperaba al resto le dio tiempo a estudiar donde había que poner el móvil, y en que ángulo, para sacar la primera foto del día. El tiempo estaba algo encapotado y anuncia lluvia en la salida, pero este grupo tiene un arma secreta. El chubasquero de Santi. Tiene súper poderes y basta con que Santi lo cargue para que no llueva. Contando con esta poderosa herramienta, nos armamos de valor y poco después de las siete, y tras la foto de rigor, salimos de Banyabufar siguiendo las indicaciones del GR-221 que como no podía se de otra manera era todo para arriba. Los experimentos unidos a las curvas del camino pronto mostraron algunos efectos en Pablo, que empezó los primeros kilómetros con mareos y malas sensaciones, mientras Jose Carlos iba pegando patadas a raíces y piedras para demostrar que estaba muy fuerte. Por delante ya iba la pareja feliz, Cristóbal y Pedro. Aunque Pedro, minutos después tuvo que sacudirse la ropa de polvo tras un revolcón. El golpe en la mano le molestaba y temía haberse hecho un esguince en la muñeca. El resto se miró y humildemente dio el diagnóstico de que todo era cuento. Como así fue. Era un buen camino, bien balizado por el momento. La mañana era fresca, ideal para correr. Pablo iba encontrándose mejor y pronto llegamos a Estellecs. A partir de este momento, empezaba una subida que nos llevaría por un camino serpenteante hasta Coll d’es Pi. Pedro y Santi estaban muy contentos porque a partir de 2022 van a tener por fin un entrenador. Y de eso estuvieron hablando sentaditos en un banco mientras observaban el amanecer sobre Estellecs Aunque el resto del equipo los miraban reticentes haciendo porras de si sería primero el míster quien los mandaría de paseo o ellos al míster. Porque Pablo tenía muy claro que Pedro incumpliría el 80% de los entrenamientos y Santi cuestionaría el mismo 80%. David en cambio no le daba mucha importancia, porque el supuesto míster es un malqueda y ya sabemos que al final todo queda en agua de borrajas. Santi avisó a David que había cambiado en Coll d’es Pi un poco el track, haciendo algo más de carretera porque no veía muy bien la senda que teóricamente empezaba al lado y luego se adentraba. Pero una vez arriba, vimos que el camino era generoso y dado al trote, y aunque entramos los seis juntos y no había posibilidad de escape, David y Jose Carlos algo más rezagados al poco de comenzar el camino, pensaron, váyanse ustedes a saber cómo, que habíamos vuelto a la carretera por donde marcaba el nuevo track, imaginamos que con un nuevo súper poder del chubasquero que nos hacía tele-transportarnos, sin que ellos, más atrás, se percataran. Después de comunicarse por teléfono y cerciorarse de que habían decidido ir por al carretera, quedamos en la entrada del camino marcado por el GR-221 más adelante, que daría comienzo el ascenso en sí de Mola de s’Esclop. El camino sube de manera abrupta por una pista hasta el refugio Coma d’en Vidal. La vista es preciosa, pero se están formando nubes de evolución enganchadas a la cumbre. Siendo previsibles, nos hacemos la foto donde diverge el camino, por un lado hacia Galatzò y por el otro hacia Esclop, que es donde vamos. No llegamos arriba del todo, nos quedamos a escasos metros mientras bordeamos la cima y vamos espantando cabras a nuestro paso. El camino es estrecho y encrespado pero bien marcado. Abajo tenemos toda el océano frente a nosotros, tan basto que nos perdemos en contemplarlo. Hace bastante viento y frío cuando estamos girando de norte a oeste y emprendemos el técnico descenso con la Dragonera de fondo. Ya íbamos sobre aviso. Era una bajada muy larga, que nos llevaba de casi 1000 metros de altura hasta nivel de mar. Durante la primera parte, hasta llegar al Coll de sa Gramola (350m de altitud) el camino es inexistente. Cada tanto hay una fita que entre tanta piedra es complicado vislumbrar, el suelo que pisamos es piedra y roca, y no queda más remedio que ir caminando con cuidado, buscando el mejor lugar por donde pasar. De nuevo, otra etapa más, las piernas se llenaban de arañazos (aunque habría que esperar más adelante para que unos invitados nos metieran en otro zarzal más divertido). Por fin llegamos al camino una vez pasada la zona más abrupta, algo deseosos de poder correr después de una bajada harto complicada, tanto que Santi olvida de chequear el track y sigue bajando perseguido por un Pedro que no quiere quedarse sin su KOM, y se pasan el cruce, claro. David, siempre más pausado y también con el track en el reloj, les pega un grito y humildemente los llama flipaos. Mientras hay que esperarlos a que suban el viejo se pregunta que es un KOM, pero Pedro bastante tiene con ver como el viejo “casi le dobla” en pasos como para tenerlo de rival en su lucha por los KOM’S. Se nos ha ido un mundo en la bajada, mientras Christian y Alberto esperaban en el inicio del camino hacia la Trapa, donde habíamos quedado con ellos una hora antes. Nosotros salíamos por debajo del parking, y Alberto con un grito nos avisa de su presencia. Nos traen un poquito de agua y aire fresco. Esperamos que su incorporación no nos retrase. Nuestro objetivo, humildemente, es ponernos por esta fantástica pista a 3’30” min/km mientras revisamos mentalmente el mecanismo metabólico cetónico al que Jose Carlos está entrando de cabeza. Es como digo, una buena pista que va hasta el mirador Josep Santre, siempre con la Dragonera en frente. Solo nos queda seguir el camino, y escuchar la melodía que sale en cada cruce del reloj de Christian, que nos comenta que es para no perderse. Bueno, bueno, majete… ya hablaremos más adelante. Visualmente esta parte es muy impactante, es una zona donde no hay obstáculos naturales ni árboles que impiden ver todo el paisaje, pero que al mismo tiempo, no refugia de un sol que está empezando a picar. Alberto empieza onfire, y es algo que Cristobal y Pedro no pueden tolerar. A ver si están ellos liderando la cabeza del pelotón para que venga un forastero con las piernas frescas a dar un golpe de Estado. Conforme vamos siguiendo el camino, nuestros pasos dan un último adiós a la parte norte de la isla, una parte que nos ha exigido mucho y nos ha dado tanto. Y humildemente, cuando aún nos quedan unos 25km de etapa y una más de 52km, creemos tener en la mano esta locura de reto. Un poco antes de llegar a la Trapa, aparecen unos cuantos caminos (que a la postre todos llegarán a Roma), pero que no es lo mismo ir por el cómodo que por el que le apetece a Christian y a su reloj. De pronto nos encontramos cruzando vallados (ah, Pedro, que te veíamos de por vida enganchado a esa valla), subiendo por yo que sé que tramo, y pasando por zarzales que nos dejaron las piernas con marcas para varios días. Hasta que sí, aparecimos en el camino que Santi y David habían avisado que discurría por arriba. Somos buenos y hay que dejar a los invitados que se sientan partícipes. Pero solo una vez, ¡eh! Hay una destrepada donde Pablo disfrutó mucho, y nos lleva por fin a un pinar donde poder resguardarse del sol. Muchos caminos pero todos llevan al mismo lugar: torre de Cala en Basset. Desde ahí hasta Sant Elm, había que seguir un bonito camino que iba por el desfiladero de la costa. En Sant Elm teníamos previsto el avituallamiento. Buscamos un lugar resguardado del sol donde sentarse y atracamos un ultramarinos que ya estaba localizado. José Carlos llegó y pidió precio por la tienda entera. A David le contentaba tener su Maxibon en la mano, pero nos defraudó algo el hecho de que solo cogiera uno. Alberto quiso otro. El viejo a lo suyo, con sus pócimas. A Santi no le dejaron pagar nada, porque aún tiene que pagar el crédito que abrió en Port de Valldemossa cuando nutrió al grupo con botellines de agua. En este caso Jose Carlos fue el que abrió el crédito. Aunque aún le quedó nómina para su hamburguesa vegana para recuperarse del desgate días después. Pero esto es otra historia y habrá kilómetros para rajar. A los veinte minutos nos pusimos en marcha y pasamos por la calle principal. Debe ser muy visual a la par que extraño, encontrase al medio día, a ocho zumbados vestidos igual corriendo por una calle comercial mientras te llevas el vermut a los labios. Pero parte de nuestro objetivo no es otro que dar visibilidad a la asociación en los cuatro puntos cardinales de la isla, y vaya si lo estamos consiguiendo. Por cierto, hay que poner en énfasis lo bonico y joven que se ve a Christian vestido de rosa, aunque en las fotos siga perteneciendo a bandas albanokosovares. Nos quedaba la última subida, la última montaña de la etapa y del reto. Jose Carlos estaba tocado muscularmente, así que íbamos con calma mientra emprendíamos la subida a Puig d’en Ric en S’Arracó. David también iba algo tostado, pero por el sol. Suele pasar cuando quieres salir en las fotos como un gladiador con tu camiseta de tirantes pero luego eres un mindundi que se quema por un ratito al sol. Cristóbal seguía a la suya, delante, marcando el camino. Y Pedro a su lado. Ambos sin el track, pero felices de hollar la primera huella, aunque en varias ocasiones tuvieran que desandar lo andado. Por esta parte empezó el discurso de Alberto de cuando yo tiraba en la bici… porque el pobre ahora va cojo sobre la bicicleta. Desde arriba veíamos la meta. Aún lejana, pero ya estaba a nuestro alcance. Nos quedaba bajar por el camino de Cala Egos, recorrer la urbanización y salir para puerto de Andratx. Justo saliendo de la urbanización, Jose Carlos cuyos abductores estaban en constante rebelión, pide la asistencia médica. Que varios le dijeran que estirara no molaba. Lo interesante y deseoso era que Santi le sobara las piernas. ¡Lo que se hace por merecer una cerveza fresquita! Y ahí estábamos, que humildemente tenemos todos un título de entrenadores (pero no de fútbol, aquí somos de los raros), nutricionistas y fisioterapeutas, dando cera, puliendo cera, para ver si podíamos trotar algo en los 9 km restantes. Y pudimos. Claro que sí. Pasamos por Puerto de Andratx y siguiendo un camino asfaltado secundario nos acercábamos a Camp de Mar. Mientras el viejo y el yayo iban en cabeza hablando sobre como les había cambiado la vida la aparición de la radio, Santi buscaba la forma de colocar piedras en la mochila del viejo con el objetivo de cansarlo, al menos, un poco. Sin darnos cuenta llegamos a Camp de Mar, recorrimos la playa y emprendimos, por un buen camino de tierra el final de etapa. Pedro tenía ganas de marcha, miró a su pato y con un vamos ya estaban los dos flipados haciendo una cuesta a mecha. Esta claro que la chispa y la gasolina provocan combustión rápida. Nos quedaba recorrer todo el bulevar de Peguera, bastante apagado si lo comparamos con Sant Elm o Puerto de Andratx. Todos juntos íbamos recortando los escasos dos kilómetros que nos quedaban. Pablo empezó un sprint, pero se equivocó estrepitosamente de llegada, lo que provocó la algarabía final. En la playa, nos esperaban Cecilia, Meke y Antonia. Nos esperaban las cervezas fresquitas y el jengibre del viejo. En la playa nos esperaba un baño para quitase el sudor, las sonrisas anchas y la certeza de que ha merecido la pena. Nos esperaba la gorra Fresco de un torrado Jose Carlos que demostró que la cabeza también se entrena; el pamboli, las anécdotas, las quemaduras solares y los gracias no verbalizados. Los gracias por poder formar parte de esta gran aventura en la que una vez más constatamos que juntos somos más fuertes y humildemente, no hay mejor grupo posible. info@cdywc.com Monasterio de Lluc – Banyalbufar. 60km 2 de abril de 2021 Llegó el ansiado y temido día. Etapa reina de este reto que todo empezó con un a que no hay huevos, seguido de un agárrame el maxibon. Por delante 60 km y casi 3.000 metros de desnivel. Frente a nosotros, la Tramuntana: patrimonio de la humanidad por la Unesco, que nada tienen que codiciar a las playas de sus alrededores. Solo recorrer la carretera Ma-10 que la atraviesa ya es sencillamente sublime. Sentirla bajo tus pies por sus sendas, es un privilegio difícil de describir. Pero vamos a intentarlo. La jornada iba a a ser larga y pintaba calurosa porque los días anteriores estuvieron marcados por una subida de temperaturas que nos pilló a todos aún con chaquetas. Aunque no podremos evitar correr al medio día, si podemos empezar antes de que salga el sol. Partimos del monasterio a las siete de la mañana, con la noche aún cerrada y los frontales iluminando los primeros kilómetros de GR. A pesar de encontrarnos a 500m de altura, no hace excesivo frío y con poca ropa de abrigo se corre cómodo. Sabemos que la primera parte de la etapa es una de las más duras, ascendemos en pocos kilómetros 700m de desnivel hasta el Coll des Prat. Pero estamos frescos. Además, hemos desayunado el café secreto que cual nigromante, nos ha preparado David, y cuya receta ha pasado por varias generaciones de maestros cafeteros. Que Pedro haya tenido que esperar media vida en poder desayunar esperando la bebida mágica son efectos colaterales sin importancia. Una vista rápida sobre la mesa da una idea de lo triste, muy triste, que es la vida del deportista ameteur que quiere ser como los Pro. Ni una Pantera rosa, ni rastro de bollería, olvídense de Colacao. Sobre la mesa solo hay cereales integrales, bebidas vegetales y fruta. Encaucemos el camino y el escrito. Subíamos sin prisas pero sin pausa mientras los primeros rayos de luz rasgaban la noche. El valle iba quedando a nuestra espalda y en el horizonte iban apareciendo las inmensas bahías de Alcudia y Pollença, y el sol que tímidamente surgía por aquellos lugares que orgullosos sabíamos ya conquistados. Era un espectáculo, una suerte, una foto en la memoria. Conforme íbamos ascendiendo el viento se hacía más presente. Pedro y Santi empezaron a jugar como de costumbre a tocarse los huevos uno a otro en el tramo final, como si fueran por un tartán en sus series sabatinas. Imagino que si ya hay pocas neuronas en sus cabezas, a 1200m las pocas existentes están encima en hipoxia. Antes de la hora ya estábamos arriba, zarandeados por un viento que no nos permitía escucharnos mucho. Si nos parábamos nos entraba el frío, por lo que sin mucho que pensar, y tras jugar un poco con las lenguas de nieve que aún permanecían como niños, emprendimos la bajada flanqueados por la cresta del macizo de Massanellas. El camino estaba bien marcado, con bastante barro en algunos tramos, trascurriendo por zonas de hayedos muy cerrados. Un camino espectacular, vacío de vida humana a horas tan tempranas pero lleno de vida y color. Poco a poco nos iríamos acercando a los embalses conforme perdíamos altura. Hablábamos de música, y de si David había o no nacido, cuando Queen sacó su penúltimo álbum o de si el abuelo ya vivía cuando Edison inventó la bombilla. El Gorg Blau lo dejábamos atrás y encaramos la vuelta al embalse de Cúber. ¡Qué bonito es este camino, también! Comenzamos a ascender el camino que va al Puig de l’Ofre y que dejaríamos a nuestra izquierda una vez llegado al collado para empezar a descender poco antes de llegar al barranco de Biniaraix. El baranc de Biniaraix será lo muy precioso que quieras. Y doy fe que es una locura, una maravilla que aún lleno de gente (siempre) no puedes dejar de recomendarlo. Pero es un martirio para las piernas, tanto si lo subes, como si lo bajas. Y de antemano ya lo sabes, eres consciente que toca destrucción masiva, y lo encaras con cariño, también con calma, que de otra manera los seis kilómetros se hacen eternos. Y mientras David baja como bailando sobre los escalones de pedra en sec, alejando los posibles esguinces, los cuádriceps van tomando temperatura cercana a la fisión nuclear. Poco antes de dejar el barranco recargamos agua en la última fuente y encaramos camino al pueblo sin más paradas. Pablo iba controlando el ritmo para encarar la segunda parte con las garantías pertinentes. En Sóller nos hacemos la foto de rigor en la plaza con la catedral de fondo, el gentío es inmenso. Pero nosotros tenemos poco tiempo que perder y cruzamos el pueblo hasta llegar a la gasolinera de la carretera principal que va a Puerto de Sóller, donde hemos quedado con el dicharachero Jose Carlos, que llega a la hora de los marqueses, impoluto, sonriente como siempre, y sin calcetines rosas. Tocaba subir de nuevo por el Camí des Rost. La subida es más llevadera, pero recordemos que ya llevamos 26km y Biniaraix ha dejado los excéntricos para pocas tonterías. Vamos tranquilos pero sin parar, excepto las paradas de rigor que cualquier instagramer que se preciecomo el dichararchero necesita. Sobre el km 30 llegamos a la capilla de Castelló. Es medio día y hace mucho calor. Discurrimos por un sendero bien marcado, fácil para trotar, que va subiendo y bajando todo el rato hasta que afrontamos las últimas rampas de Cala Deià dirección al pueblo. Pablo está tocado y aún queda un mundo para Banyalbufar. Entramos en Deià y David ha crecido un par de centímetros. Ahora es el capitán, y nos mira con desdén si pisamos más de la cuenta sus calles. Mientras vamos camino de la parada programada para avituallarse, la gente desde los balcones se asoma tirando salves al paso de David, y nosotros, su séquito, vamos impertérritos detrás suyo, aguantando su capa para que no roce el suelo. Una recua de ciclistas nos llenan el horno donde tenemos pensando avituallarnos. Así que tenemos que hacer cola esperando el botín. Hay no hay Maxibon, pero como es el reino de David, no pasas nada y todo es perfecto (esto son mis principios y si no te gustan tengo otros). En su lugar hay empanadas. Las empanadas resucitan a un muerto. Nos entran de maravilla. De hecho, el pensar en moverse de la sombra del algarrobero donde estamos da máxima pereza y apetece más acabar con las existencias de empanadas. Pablo a resucitado. ¡Para no hacerlo con estas viandas! Y en su mundo, el viejo druida Cristóbal, que solo hace usos de sus brebajes mágicos, nos mira con una mezcla de incomprensión y pena. Meros mortales somos a su lado. Salimos de Deià por el camino des Molí, todo tieso para arriba, por si las patas se habían olvidado de sufrir en ese breve y merecido descanso. Desde aquí tenemos una espléndida vista de Deià Y no nos queda más remedio que pararnos a hacer una foto. Pero ahora contamos con el profesional de los poses. Todos estamos más tranquilos y le dejamos el trabajo a Jose Carlos. Saca su trípode con cuidado, el anillo de luz LED para los selfies, y.… -¿Qué es un selfie? – pregunta el viejo. -Una autofoto -le dice David con esa chulería de creerse aún rey cuando ya nos alejamos de sus dominios. Normal, los mojes benedictinos de selfies no entienden. Con correr todos los días 15-20km les sobra. La foto de diez, por supuesto. Es lo que tiene ser instagramer. Hay muchísima humedad en la zona y conforme vamos ascendiendo notamos que el tiempo está cambiando. Una vez llegamos a Son Rullán, la niebla cubre toda la sierra. Hemos pasado de un día de muchísimo calor a encontrarnos una estampa completamente otoñal. Es lo que tienen las montañas, que a la mínima el tiempo cambia de súbito y si no vas preparado puedes meterte en serios problemas. Nos abrigamos mientras empezamos a bajar por la pista que directamente nos llevará, cruzando de nuevo la Ma-10, por Miramar. Entre la humedad, la niebla y la ropa mojada de todo el día, estamos quitándonos y poniéndonos ropa cada poco rato. En la zona de Miramar tenemos que buscar la senda que lleva a S’Estaca. Al principio está algo desdibujada, porque Miramar cerró todos sus accesos y la senda en este lugar está borrada. Pero poco a poco, y con ayuda del track, vamos encaminándonos hacia el lugar. Tras unos minutos de búsqueda damos con ella. La senda siempre hacia abajo, es muy buena para estirar las piernas. Vamos haciendo camino a buen ritmo. Santi se escapa para poder hacer un video mientras corre el resto, pero en lugar de agradecérselo, se le raja sin piedad, porque claro, se podía haber despeñado, matado, hundido y quién sabe cuantos rayos tormentosos hubieran caído encima de su maltrecho cuerpo. Luego todos quieren fotos, pero quejarse y rajar es primordial. Sobre todo el chispas. Estos son mis principios, y si no te gustan, tengo otros. A mitad de trayecto se encuentra la capilla de Ramón Llull, medio derruida, donde aprovechamos para hacernos un par de fotos. Al poco llegaríamos a S’Estaca y la senda se trasforma en una pista en la que hay que vigilar el ritmo para no pagarlo más adelante, pues aún nos quedan bastantes kilómetros por delante. Nos encontramos en el tramo más plano de toda la etapa, con el mar muy cerca a nuestra derecha y toda la sierra a nuestra izquierda. No deja de maravillarnos cada rincón por el que vamos pasando. Tras cruzar un portón y bajar por un sendero muy empinado donde los músculos de las piernas ya empezaban a pedir socorro, llegamos a Puerto de Valldemossa. Compramos algo de agua y nos hacemos la foto de rigor. El cansancio es ya evidente. Es el km 45 de etapa. Y llega un momento clave. La subida desde allí abajo a la civilización. Hay tres puertos de montaña en Mallorca que llegan desde la sierra y acaban en la playa (Sa Calobra, Es Canonge y Puerto de Valldemossa). Cuando vas en bicicleta hay primero que bajarlos para luego subirlos. Y por muchas veces que los hagas, cuando estás abajo y alzas la vista, nunca dejas de preguntarte por qué estás abajo. ¡Qué necesidad! Siempre impresionan. La senda que ahora teníamos que coger para subir, salía desde unas escaleras del pueblo y ascendía zigzageando imparable más allá de las nubes. Lo veías en el mapa, y no podrías dejar de pensar que esa subida en el km 45 iba a ser apoteósica. Y lo fue. Fue un destrozo considerable de piernas de 2 kilómetros al 19,5 % de desnivel de media. Y como pasa cuando bajas en bici, la única solución, la única escapatoria siempre es para arriba. Cristóbal seguía como si nada, como si los kilómetros no pasaran por sus piernas. Cuando llegamos arriba Santi con el resuello medio cortado lo mira y le pregunta: – ¿Qué tal Cristobal?¿Seguro que tu brebaje no es doping? (Tenemos que aclarar que para Santi todo es dopping excepto lo que él diga que no lo es). Esto son mis principios… – Estoy cansadete – dice el viejo. – Para no estarlo – le replica Pedro. – Lo que pasa es que yo no me quejo. No como vosotros, que no paráis de quejarse. Sabiduría viejuna. Siempre hay en toda etapa un momento de descontrol, de tener que pensar por donde sigue la huella y nuestro camino. Toda esta parte de la isla sufrió hace unos meses, el castigo de un tornado que hizo estragos hasta Banyalbufar. Nuestro camino, una vez llegado arriba había desaparecido. No existía nada. La solución era complicada, nos alargaba el trayecto y no había mucho espíritu para ello. Pero resignados al no ver huella, empezamos a subir carretera arriba. En un último intento desesperado, Santi volvió sobre sus pasos vislumbrando algo que en pasado pareció una senda. Tras unos cientos de metros entre rocas y matorrales apareció un pedazo de camino. Todos suspiramos de alivio. El camino llevaba a la urbanización George Sands y de ahí, tras un pequeño tramo de senda, hasta la urbanización Nova Valldemossa (que es tan nueva que solo están las calles). Pasábamos ya con holgura los 50 km y empezamos a bajar a todo trapo. Aún no entiendo muy bien como se comporta el cuerpo humano (y menos la cabeza). Pero fue ver una senda maja para correr y nos dejamos llevar por el entusiasmo. La senda llegaba a las primeras curvas del puerto des Canonge poco después de dejar la Ma-10. Cruzamos la carrera y nos metemos en un camino que al poco desaparece. Tenemos que subir y conectar con el cami des Correu que llega a Banyalbufar. Nos separamos un poco y David da con la senda: un muro de unos centenares de metros que atraviesa un espeso bosque y que si quedaba algo de energía en las piernas lo termina de liquidar. El camino es muy bonito, pero no engañamos a nadie si decimos que a estas alturas podríamos tener delante el paisaje más fascinante del mundo que poco o ningún caso le haríamos. Pero creemos que era hermoso. Una vez en Camí des Correu, y después de decirle a Pablo que ya no se subía más por enésima vez, comenzamos a bajar. Algunos tropezándose. ¡La gente compite hasta por ver quien se hace primero el esguince! Había que disfrutar estos últimos kilómetros. Pedro sacó su móvil para hacer fotos, pero era mucho pedir que nos la hiciera a nosotros por una vez que sacaba el móvil, no, lo mejor era hacerlas a la nada. Hemos decidido cortar todas las fotos donde salga el chispas como acto de protesta. Y por fin llegamos a Banyalbufar. La plaza del ayuntamiento tenía unos bancos preparados para nosotros. Y allí que nos fuimos los seis. A sentarnos. A respirar. A pensar en la animalada que habíamos hecho sin prepararlo como toca. No creáis que lo celebramos con vítores y palmadas. Estábamos tan destrozados, tan orgánicamente consumidos que solo nos sentamos y los seis permanecimos en silencio durante un par de minutos. Algunos pensarían en hacerse selfies, otros en el helado, la cerveza o el pamboli que Cristóbal había dejado en el coche. Quizá pensáramos en que solo quedaban dos etapas y luego, después de todo el sufrimiento, lo echaríamos de menos. O simplemente ni pensamos. Solo existíamos, que dada la tesitura ya era suficiente. Pasados esos minutos alguien se levantó. Luego otro más. Las piernas pesaban toneladas. Nos miramos a los ojos y empezamos a sonreir mientras nos felicitamos por esta inmensa locura. Antonia vino mientras preparábamos nuestro pamboli con una nevera llena de cervezas. Si el dicharachero estaba aquí, no era por otra cosa que por las cervezas ¡que quede claro! Bueno, y por las fotos, bueno, y por su pantalón floreado. Pero sobre todo por las cervezas. Y allí sentados, comiendo con ropa limpia y riéndose mientras recordábamos el camino es donde realmente se fraguan y ganan todas las batallas. No hay necesidad, no. Tampoco la queremos. info@cdywc.com Colonia de Sant Pere – Monasterio de Lluc. 55km 14 de marzo de 2021 Tras más de una hora de coche y varios donuts, salíamos sobre las 7:30 de una fría y despejada mañana de marzo. Desde el puerto deportivo de Colonia de Sant Pere, teníamos el privilegio de poder ver toda la etapa que poco a poco iríamos realizando. Bordeando el Mediterráneo, se dibujaba la silueta de de las dos bahías perfectamente. Y ya en el interior, imponente como la primera montaña de altitud más elevada de la Tramuntana, el Puig Tomir, que aguarda en sus faldas la ansiada meta. Impone pues, que nada más salir, viéramos con claridad los 55km que nos esperaban, como un recordatorio de que para que las cosas salieran bien, hay que tomárselo con calma. La etapa, una de la más asequibles, era prácticamente llana hasta el kilómetro 45, donde comenzaba la subida al Tomir, y se corría el riesgo de llegar a la ascensión, con muchos kilómetros en las piernas y desfondados si no íbamos controlando el ritmo. Y para vigilar el ritmo, estaba Pablo siempre dispuesto a agarrar al descarriado que en algún momento aceleraba inconscientemente. No bien arrancamos la salida, por los caminos de tierra de Colonia, ya se empezaron a escuchar conversaciones sobre si lo mejor para comer era la vaca, la zanahoria o el corcho. Sobre si los maxibones se aceptaban como comida necesaria para acabar una etapa o si el jengibre y la bebida secreta del abuelo son los culpables de su fortaleza. Por trozo de terreno que une Colonia con Son Serra vamos por los caminos de GR cercanos o metidos en la playa. Pero como la experiencia es un grado, a nadie se le ocurrió esta vez, descalzarse. Playas sin un alma, de agua límpida y hasta el momento serena, que vamos dejando atrás con cada zancada que damos. Los primeros kilómetros van pasando rápido, sin dejar de hablar sobre las cosas importantes de la vida: las puñaladas en Strava, los ciclos vitales de Pedro, las rajadas de Santi, las batallas de Pablo, el brocoli de David, y las tiradas de 15km para estirar las piernas de Cristóbal. Casi pestañeado llegamos a Can Picafort (km.13), y mientras seguimos por el paseo que bordea la costa sentimos que solo las olas, rompen el silencio de un lugar acostumbrado al bullicio del turismo. Las olas, y las conversaciones sobre heura, césped y cous-cous. No hay manera de dejar de hablar de comida. Poco antes de s’Albufera, nos tocaba enfrentarse al tramo de 17 km de asfalto. Y como suele ser habitual en la zona, en el momento en que arrancó más la mañana, empezó a soplar el viento. Fue un viento constante y frío, que nos estuvo dando prácticamente todo el rato de cara. Al llegar a Puerto de Alcudia, nos metimos en el carril azul de bici que hay en la playa y que nos llevaría hasta el final de Puerto de Alcudia. En este pequeño trozo, el viento que daba en segunda línea desapareció y pudimos disfrutar un poco más de este inmenso arenal solo para nosotros. Y en frente, a lo lejos, Colonia de Sant Pere (nuestra salida) y escoltando a su espalda, sa Tudossa, la sierra desde donde la etapa anterior (tres semanas atrás), nos tiramos a ciegas buscando la salvación. Siguiendo la carretera llegamos a Alcudia (km. 26), no sin antes, dar un pequeño rodeo saliendo de las calles de Puerto de Alcudia. En este momento, camino a Puerto Pollença, fue tal vez, el momento donde las sensaciones eran peores, el viento soplaba mucho en esta zona, y aunque las vistas son muy bonitas con toda la bahía a la derecha, el trayecto (por el carril bici), no es tan llevadero como cuando uno va montado en su bicicleta. Fueron seis kilómetros muy pesados, y David, ya iba perdiendo la paciencia por merendar su Maxibon. En el km 34, llegamos al punto de avituallamiento en la carretera a Pollença. A veces ocurren cosas malas y otras veces las peores. Pues bien, ocurrió la peor de todas: no había Maxibon. Así que ni corto ni perezoso decidió el señor comosano zamparse dos helados. Uno en cada mano. Y porque no tiene tres… espera… espera… no, ¡no las necesita! Cuando una mano quedó libre fue a por el tercero. Pedro que ve un KOM de Strava y le falta tiempo para quererlo, pues fue a por otro helado. Y ahí estaba Cristóbal, mirando con suficiencia al resto de los mortales mientras se tomaba su preparado mágico lleno de productos raros y que le bastaba para caminar más que el resto juntos. Y Pablo, que bastante tenía con su experiencia en la etapa anterior con la barriga, que iba comiendo su pan de higo y disfrutando del camino. Mientras Santi se tomaba su arroz con pollo mientras David decía que eso del pollo era veneno (sí, lo decía con dos helados en la mano…) y Cristóbal le decía que normal que comiendo así de mal (repito, arroz con pollo) no pudiera comer la piel de la manzana. Por eso y porque su madre de pequeño seguro que le pelaba las manzanas. Pero en el fondo todos nos queremos. Muy en el fondo, vaya. El tiempo ya no es tan agradable, está nublado y el viento no cesa. A partir de entonces lo único que había que hacer era seguir el GR-221 que iba paralelo a la carretera de Pollença por un camino de tierra siempre picando para arriba pero muy corredero. Sobre el km 38 llegamos a Pollença, nos hacemos un par de fotos en el pont romà, y tranquilos y con buena letra, vamos por el GR, que por momentos atraviesa zonas preciosas con bosques de hayedos franqueados por el cauce del torrente. Sobre el km 45 empieza la ascensión a Tomir. Nos la tomamos con calma, ya son muchos kilómetros en las piernas y aunque el camino es bueno, la pendiente es pronunciada. Hace más frío conforme vamos subiendo. Nos da tiempo a seguir hablando de comida (esta gente parece que ha pasado una guerra), y de disfrutar de las vistas y paisajes mientras ascendemos y dejamos a un lado Mortix. Poco antes de llegar a las casas de Binifaldó (de donde sale el sendero para ascender el Tomir), el camino, ya convertido en pista forestal, deja de ascender. Nos quedan unos cuatro kilómetros y los últimos tres son prácticamente en bajada. Ya estamos saboreando la llegada (algunos la cerveza). David, que va a esguince por etapa, baja poco a poco por un camino bastante irregular y con mucha piedra suelta. Es sin duda la llegada más espectacular de todo el reto. Pasamos el arco de la muralla, y ya en la plaza del monasterio rodeados de personas ajenas, dejamos las espadas y puñales a un lado; y sentimos que solamente todos juntos, hacemos viable esta bendita locura. Lo de la cerveza de tirador igual lo contamos en otro momento. Es que a veces ocurren cosas malas y otras veces las peores.
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Mallorca 360º Run – ETAPA 6











































Mallorca 360º Run – ETAPA 5













































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