Mallorca 360º Run – ETAPA 3

21 de febrero de 2021

“Vamos, que larga ruta nos espera.» Así me dijo, y así me hizo entrar al primer cerco que el abismo ciñe.”

Dante Alighieri, 1814. La divina Comedia.

No vamos a engañar a nadie, la etapa sobre el papel era más sencilla de lo que finalmente resultó. Quizá nos dejamos embaucar por el misticismo de esas playas y calas “tan lejanas” a nuestra residencia o porque el mar (siempre a nuestra derecha) tiene ese poder sosegador que todo lo arregla. Pero lo cierto es que los 1500 metros de desnivel estuvieron desde el principio sobre la mesa.

A las 07:00 después de la foto de rigor salíamos el grupo de cinco (Cristobal, Pedro, Pablo, David y Santi) de las inmediaciones de Covas de Drac, justo donde lo habíamos dejado en la anterior etapa. Recorrimos las desérticas calles de Porto Cristo y a los dos kilómetros nos metimos en el primer camino de tierra. Durante un par de kilómetros seguiríamos por estos caminos bien marcados que nos iban a acercando a las diferentes calas de la zona. El ritmo era cómodo, donde la conversación fluía sin esfuerzo y las risas se escapaban entre zancadas y tropezones sin importancia.

Sobre el km. 5 llegábamos a S’Illot e íbamos progresando por el paseo marítimo que ininterrumpidamente recorre esta parte de la isla hasta S’Amer. El día amaneció lo que se dice feo: muy nublado, con viento y mucha humedad, por lo que unido al momento histórico que estamos viviendo, da una idea de lo solitarios que estaban los paseos marítimos, y sus playas. La estampa del hormigón vertical en primera línea, carente de vida, el silencio a nuestro alrededor y el crujir de las olas al romperse violentamente contra arena nos fascinaba. Para correr, quitando la humedad, el clima y el clímax nos parecía fantástico.

Cruzamos los caminos de tierra y arena de S’Amer para llegar al larguísimo paseo de Cala Millor que fuimos recorriendo sin que notáramos como pasaban los kilómetros. El paseo continúa una vez acaba Cala Millor, y sigue por varias urbanizaciones hasta que los acantilados impiden seguir avanzando por Costa del Pins, y recorremos las calles asfaltadas hasta llegar al mirador del Cap d’en Pinar (km,19). Primera pequeña parada que aprovechamos para hacer un par de fotos. Tampoco podemos retenernos mucho, pues nos entra el frío de un viento que nunca nos abandona.

Primer tramo de trail/trekking de la etapa. Cruzar el cabo, por caminos difusos, y por momentos exiguos hasta llegar a las urbanizaciones de detrás, siempre a ras de acantilados mirando al mar. Hubo momentos para jugar a bolos, patinaje artístico o acrobacia sobre ramas, y los chicos, diestros ya con la experiencia adquirida en etapas previas, ni siquiera mostraban estupor  o miedo alguno. ¡Así de amueblada parece su cabeza, vaya!

En el km. 23 llegábamos a Canyamel y tras unos cuantos ejercicios de técnica de carrera sobre unas interminables escaleras, tocaba hacer la ascensión a la atalaya de Cap Vermell. El camino de ascenso a la torre era bastante transitable. En ocasiones incluso, si las patas o energías lo permitían, corredero. ¿Saben de aquel que traza una ruta de 60 km y aún así se da el capricho de subir a la torre cuando el track no llegaba hasta allí arriba solo por el mero hecho de ver las vistas? ¡Pues con esas tenemos que lidiar, amigos lectores! Y algunos aguantarlo.

Arriba estábamos, pasando frío, las vistas muy bonitas, entre tanta bruma , viento y… no, que la cosa estaba para hacer alguna foto, bajar el trozo de más, y seguir camino. Pero la senda no aparecía. Sacamos el mapa, lo estudiamos (algunos más que otros… ejem) y tras cuatro vistazos, apareció donde tenía que estar. Otra cosa es que llamemos camino o senda a lo que poco a poco, más adelante nos encontraríamos. Porque poner una fita de piedras cada cien metros sobre una roca no es para nosotros, un camino. Pero vamos, que respetamos todas las opciones, ¡hasta pintar de azul algo que te lleva directamente a un acantilado! Si aquí hemos venido a jugar y llevarnos el bote.

Pues que nos perdimos un ratito enorme. Ese era el resumen. Perdidos pero siempre caminando entre piedras, eso sí. Porque la dirección la teníamos clara. Algo más abajo, el camino empieza a verse mejor. O más que verse mejor es, que realmente hay, ya por fin, camino. Y es una hermosa senda  rápida para correr que baja dirección Cala Provençal. De ahí hasta Cala Ratjada, no dejaríamos la primera línea de mar por el paseo. Y una vez en Cala Ratjada (km, 33) buscamos un lugar donde avituallarnos y descansar un poco las piernas. Nos es fácil, tal y como están las medidas sanitarias hoy en día, encontrar un lugar donde reponer viandas.

Y sin que quieras darte cuenta, el menos pintado se casca un helado.

Ponemos rumbo a Cala Agulla por unos caminos que ya quisiéramos encontrarnos más a menudo. Llanos y generosos, que circulaban por un pinar próximo a la carretera que lleva a la playa. Ya no volveríamos a pisar asfalto en lo que quedaba de etapa.

Cuando corres una carrera popular, un 5k por ejemplo, te puede pasar de todo: puede entrarte flato, desabrocharse las zapatillas, tirones, torceduras, caídas. Cuando bajas a la calle, casi también. Imaginaros cuando castigas al cuerpo (porque por mucho que disfrutemos somos todos consecuentes con que estamos maltratando al físico) durante tanto tiempo la de probabilidades de que algo no deseable pueda ocurrir. En pruebas de larga distancia, la cabeza, o sabe sufrir, o a la mínima te vas a casa. Y si no somos conscientes de ello, pecados de soberbios. Pero si algo ha caracterizado a este grupo es la unidad y que cabeza (aunque mal amueblada) la tenemos todos entrenada para posibles eventualidades. Faltaban más de 15km, una impresionante subida y una bajada de la que ya hablaremos en detalle, cuando el estómago de Pablo se encabritó de mala manera. Si durante una prueba de estas envergaduras no te alimentas, el cuerpo se consume a una velocidad de vértigo, y salir de la encrucijada donde nada entra por la boca, y al mismo tiempo necesitas aporte calórico para seguir moviéndote, es una vorágine de la que salir indemne es muy complicado.

En esa tesitura estábamos, siempre por un buen camino, pero de constante subida, camino a Cala Mesquida (Km. 39).  A partir de este momento, mientras íbamos bordeando toda la costa, correr, lo que se dice correr, poco íbamos a hacerlo. El terreno, abrupto, rocoso como poco, es ideal para echarte una mochila al hombro y recorrerlo con tranquilidad y placer, mientras vas viendo playas y calas de colores increíbles, arenas blancas, y si el día es despejado, observar la isla de Menorca al fondo. Por la vereda que seguíamos hasta S’Arenalet d’Aubarca (km. 46) poco pudimos correr por lo impracticable del terreno.

Dejamos el refugio de S’Arenalet y emprendemos la subida de casi 400 metros de desnivel en menos de tres kilómetros y medio. El viento ahora era arrollador, tanto que algunos sufrían por si algún miembro del equipo, liviano como las plumas, salía volando en el vendaval intenso. Siempre con un buen camino marcado, llegamos a la pista que va a las antenas de Sa Tudossa, o a la puerta del Infierno

Evidentemente elegimos el Infierno.

El infierno según Dante era un cono invertido, pero Dante, en el fondo no tenía ni pajolera idea. El infierno es la bajada en picado de 400 metros que teníamos frente a nosotros para llegar camino a Betlem (y no es un villancico). Habrá pues, que poner en antecedentes. Cuando se diseña la etapa, buscamos siempre tracks anteriores por donde vamos a pasar que se amolden a nuestra exigencia (alejarnos lo menos posible de la costa). Había un punto donde por mucho que diéramos vueltas no terminábamos de ver claro, aunque dos aplicaciones diferentes nos marcaban camino. Transcribo aquí la conversación previa, para que quede constancia de la inocencia del pobre diseñador de rutas.

– Hay un camino arriba, hay un camino abajo… la distancia más corta entre dos puntos creo que va a ser bajar a lo bruto – expuso Santi en su momento-. Según esto, hay bajada, pero yo no logro verla de ninguna manera.

– No te bastan 60km que ahora pretendes que nos tiremos por un precicipio – dijo el del Maxibon.

– Si hay que tirarse, pues nos tiramos – dijo el peso pluma. (Por cierto… jajajaja.)

– Nos hacemos bola -dijo el que sobreviviría la etapa con un gel.

Volvemos al momento cumbre. Allí arriba estábamos, con el viento ululando sin parar. Buscando con la vista un camino que no existía. El abuelo, que había hecho una ascensión brutal tirando del grupo, estaba nervioso por emprender el descenso.

– ¡Cristóbal espera! A ver si vislumbramos algo.

Pero no había nada que vislumbrar, más bien la bajada a los infiernos pasando por los siete anillos de Dante:

“Que no te detenga el miedo, que por mucho que pudiese no impedirá que bajes esta roca.”

 Y allí que nos fuimos. Una hora y media tardamos en juntarnos todos en el camino de abajo. En medias, pues momentos propios de una selva. Una vez pasada la zona más escarpada (donde había que ir con los ojos bien abiertos), nos encontramos en lugares donde pisabas sin ver lo que había debajo porque la maleza lo tapaba todo, para acabar hundido como si de nieve se tratara. Y conforme conseguíamos descender y el camino se hacía menos escarpado, la maleza aumentaba, a tal mesura, que acabamos con tramos donde sólo sobresalía la cabeza y nada de lo que cubría nuestro cuerpo era agradable.

Si nos encierras en una jaula con una manada de gatos salvajes, no quedamos tan mal como salimos al camino que nos esperaba bajo. Nos quedaban 9km, sin agua, pero una vez pasada tal guisa, este camino que bordea la costa era una autopista acolchada.  O como dijo Dante:

La senda que lleva al Paraíso comienza en el Infierno.

Cruzamos Betlen y solo nos quedaban 4km de disfrute. De saber que todo el dolor, los infortunios y las sorpresas merecieron la pena, que no hay nada más grande que superarse uno mismo, luchar contra tu cabeza y atormentarla paso a paso. Que nos conocemos tanto que no hace falta hablar para saber cómo nos encontramos. Y acabamos de nuevo con Dante y su Divina Comedia para expresar el momento, después de ocho horas, en que paramos el reloj:

En el momento cumbre, falla la habilidad que me da la capacidad de describir.

Nada más que añadir.


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